Vasili Grossman fue escritor, periodista y corresponsal de guerra soviético. Nacido en 1905 en Berdíchev, en la actual Ucrania, vivió muy de cerca algunos de los acontecimientos más brutales del siglo XX. El estalinismo, la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y la consolidación de un Estado que hizo del control político y de la obediencia una forma de vida que marcaron profundamente su trayectoria.
Como corresponsal del periódico Estrella Roja acompañó al Ejército Rojo durante buena parte de la guerra. Estuvo en Stalingrado, siguió el avance soviético hacia Berlín y fue uno de los primeros periodistas en escribir sobre el campo de exterminio de Treblinka. Pero su experiencia no lo llevó solamente a narrar la guerra. Con el tiempo, lo obligó también a interrogarse sobre el poder, la violencia, la responsabilidad individual y, cada vez con mayor profundidad, sobre la libertad.
Sus crónicas en Estrella Roja tuvieron una enorme popularidad entre los soldados. No escribía solamente sobre las batallas o los movimientos militares. Le interesaban sobre todo las personas, sus miedos, sus sufrimientos, sus conversaciones y la vida cotidiana en el frente. Esa capacidad de acercarse al soldado común hizo que muchos combatientes se reconocieran en sus textos. Los ejemplares del periódico con sus artículos circulaban de mano en mano y eran leídos una y otra vez.
Su escritura sobre la guerra no se limita al heroísmo militar ni a la épica soviética. Observa el miedo, el hambre, la humillación y la pérdida que padecen soldados y civiles, pero también los pequeños gestos de solidaridad que sobreviven en medio de la violencia. Esa tensión entre la brutalidad de los sistemas y la fragilidad de los vínculos humanos va a acompañarlo durante toda su escritura.
La guerra también modificó su relación con el régimen Stalinista. Había formado parte del mundo cultural de la URSS y durante años creyó, como muchos intelectuales de su generación, en algunos de los ideales proclamados por la revolución. Pero la guerra, el antisemitismo soviético, la persecución política, la censura y el conocimiento cada vez más profundo de los crímenes del estalinismo fueron erosionando esa confianza.
A lo largo de su vida escribió novelas, relatos, crónicas y artículos. Entre esa extensa producción, Vida y destino y Todo fluye son los textos que tomaremos aquí para seguir algunas de las líneas que atraviesan su pensamiento, especialmente la relación entre el individuo y el Estado, el miedo, la responsabilidad personal y la libertad.
Vida y destino fue terminada en 1960. Al intentar publicarla, el manuscrito fue confiscado por las autoridades soviéticas en 1961. La novela recién pudo aparecer en Occidente años después. Todo fluye, escrita y revisada durante los últimos años de su vida, también fue publicada de manera póstuma. Murió en 1964 sin ver publicados estos dos libros.
En Vida y destino ese mundo aparece desde muchos lugares distintos. No hay una sola historia, sino muchas vidas atravesadas por la guerra y por la presencia constante del Estado. Se suceden las denuncias, las delaciones, los interrogatorios, la cárcel, el temor a hablar de más y el miedo a quedar señalado por una palabra, una amistad o un vínculo familiar. El terror no queda limitado a las instituciones. Entra en la vida cotidiana y termina modificando la manera en que las personas se relacionan entre sí.
Uno de los aspectos más fuertes de la novela es justamente ese. El Estado no necesita estar presente todo el tiempo para hacerse sentir. Las personas aprenden a callarse, a desconfiar y a cuidarse incluso frente a quienes conocen. La vigilancia termina convirtiéndose también en autocontrol.
También muestra cómo personas comunes pueden terminar formando parte de ese mecanismo. Algunos denuncian por miedo, otros por conveniencia y otros porque creen realmente estar defendiendo una causa. Los personajes no están divididos simplemente entre buenos y malos. Dudan, se contradicen, se acomodan a las circunstancias y, a veces, actúan de maneras que ellos mismos no hubieran imaginado.
En Vida y destino la libertad se manifiesta a través de los personajes y de las decisiones que toman. Incluso bajo un Estado que intenta controlarlo todo, todavía puede quedar un espacio para pensar por uno mismo, negarse a obedecer o actuar según la propia conciencia. En Todo fluye esa reflexión será mucho más directa y ocupará un lugar central.
A partir de allí, uno de los planteos más audaces de la novela es la comparación entre el nazismo y el estalinismo. No los presenta como sistemas idénticos, pero sí reconoce mecanismos semejantes en la concentración del poder, la persecución de quienes son considerados enemigos y la subordinación del individuo al Estado.
Esa mirada adquiere una dimensión especialmente personal en su tratamiento del antisemitismo. Él conoció el Holocausto no sólo como periodista sino también desde su propia historia de vida. Su madre fue asesinada en 1941 durante la matanza de los judíos de Berdíchev. Años después también fue testigo del antisemitismo soviético de posguerra.
De allí surge otra idea central en su escritura. El peligro comienza cuando una persona deja de ser mirada como individuo y pasa a ser solamente miembro de una categoría señalada por el Estado. Frente a eso, vuelve una y otra vez a los pequeños gestos de ayuda, compasión y solidaridad. Esa bondad sencilla, ejercida de una persona hacia otra, aparece como una forma de resistencia y también como una expresión de libertad.
En Todo fluye la reflexión sobre la libertad se vuelve mucho más directa. Escrita en los últimos años de su vida, después de la confiscación de Vida y destino, la novela intenta comprender cómo fue posible un sistema capaz de someter de esa manera al individuo y ya no se detiene solamente en los abusos del estalinismo.
El personaje central es Iván Grigórievich, un hombre que regresa después de pasar décadas en los campos de trabajo forzado soviéticos. A través de su historia se muestra el contraste entre quienes pudieron continuar con sus vidas y quienes fueron perseguidos, encarcelados o deportados. Al mismo tiempo, vuelve a aparecer la cuestión de la responsabilidad individual y las distintas formas en que las personas se adaptan, colaboran o simplemente intentan sobrevivir dentro de un sistema represivo.
Pero Todo fluye va todavía más lejos. Se pregunta por las raíces de ese sistema y la crítica ya no queda limitada a Stalin. Examina la historia de la revolución y cuestiona la idea de que el terror haya sido solamente una desviación posterior. Es en este texto donde su mirada sobre los orígenes del régimen soviético se vuelve más radical.
También dedica algunas de sus páginas más duras a la colectivización y a la gran hambruna de Ucrania de 1932 y 1933. Nuevamente, detrás de las decisiones del Estado aparecen las personas concretas y el sufrimiento producido cuando una causa considerada superior termina justificando la destrucción de millones de vidas.
La libertad ocupa entonces el centro de su pensamiento. No es una concesión que el Estado pueda otorgar o retirar. Está ligada a la propia condición humana y a la posibilidad de conservar una conciencia individual.
Tal vez allí se encuentre el hilo que une al corresponsal que escuchaba a los soldados en el frente con el escritor de sus últimos años. Nunca dejó de mirar a la persona concreta. Frente a la guerra, el Estado, las ideologías y las grandes promesas colectivas, terminó defendiendo algo mucho más sencillo y también más difícil. El derecho de cada individuo a pensar por sí mismo, a conservar su libertad y a seguir viendo en el otro a un ser humano.
Graciela Geromini. El Anden
