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EL RECADO.

Elena Poniatowska, puede ser presentada hoy, como  la escritora más importante del México contemporáneo, nació en París el 19 de mayo de 1932. Su madre, Paulette Amor, era hija de una familia porfiriana exiliada tras la Revolución y en París se casó con un miembro de la casa real polaca, Jean Evremont Poniatowski Sperry. En 1941 la familia se instaló en México. En 1953 empezó trabajar como periodista. Su primera gran novela, Hasta no verte, Jesús mío, parte del testimonio de una lavandera. En 1971 se publica su extraordinaria crónica coral La noche de Tlatelolco, que obtuvo el premio Xavier Villaurrutia; sin embargo, la autora lo rechazó y le preguntó al presidente Echeverría quién iba a premiar a los muertos.

Su extensa obra publicada incluye, entre muchos títulos, los cuentos De noche vienes, Nada, nadie. Las voces del temblor (sobre el terremoto en México de 1985), la novela, en parte autobiográfica, La “Flor de Lis” y sus libros más recientes, Luz y luna, las lunitas, Paseo de la Reforma, Octavio Paz, las palabras del árbol, Las soldaderas y el libro de poemas Rondas de la niña mala.

Ha participado activamente en movimientos políticos y de derechos humanos. Fue fundadora del periódico La Jornada y de las revistas Fem y Debate Feminista. Se ha hecho acreedora a reconocimientos como el Premio Nacional de Periodismo (primera mujer en recibirlo), el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, la Legión de Honor otorgada por el gobierno de Francia, y el Premio de Literatura Miguel de Cervantes 2013.

De ella, traemos para la comprensión de su arte,  un cuento corto con el que iniciamos un intento de difusión, dentro de la amplia tarea de propaganda por otro orden social con programa socialista , bajo la dirección de la clase trabajadora y sus organismos de poder , en el que pretendemos dar conocimiento de cuanto hace el ser humano de manera incompatible y antagónica a toda la empresa periodística y cultural de la burguesía sobre su táctica de dominio del discurso de sentido común para reproducir su hegemonía de clase sobre explotados y oprimidos.

León Trotsky vio el arte y la literatura como campos libres y autónomos que no debían someterse a la censura ni a los mandatos políticos del Estado. Su pensamiento fundamental sobre este tema se encuentra en el libro que llevó el título Literatura y Revolución, aunque su posición política específica ya en tiempos de reacción termidoriana por vía del régimen Stalinista , se puede rastrear con signos de mayor precisión en el Manifiesto por un Arte revolucionario  Independiente que firmó junto a Andre Bretón, que también firma Diego Rivera , elaborado en el exilio mexicano  de Trotsky  en 1938.

Es en ese manifiesto donde se afirma como imperativo :

Si para el desarrollo de las fuerzas productivas materiales la revolución está obligada a erigir un sistema socialista de plan centralizado, para la creación intelectual debe instaurar y garantizar desde el comienzo mismo un régimen anarquista de libertad individual. ¡Ninguna autoridad, ninguna coacción, ni la más mínima huella de mando!

La experiencia del “realismo socialista” que el estalinismo implementó como “cuestión de estado” impactó vivamente en el posicionamiento del revolucionario sometido al exilio forzoso .Ya no eran sólo las observaciones tempranas a quienes sostenían una “cultura y un arte proletarios”, advirtiendo que un arte nuevo será hijo de una nueva sociedad y que mientras tanto hay que absorber lo bueno del arte burgués, que no es poco; sino que ahora toda creación artística (y científica) pasaba por el index del Secretario General del Partido. La asfixia era total y autores como Kafka, pintores como Picasso y hasta músicos como el gran Shostakovich (Stalin intentó “corregirle” una ópera) 4 eran tratados como símbolos del “arte burgués decadente”.

Elena  Poniatowska,en este cuento, narra la dolorosa espera de una joven sentada en el umbral de la casa de Martín, el hombre que ama. Mientras aguarda en vano, escribe un recado en el que reflexiona sobre la soledad, la entrega femenina tradicional y el peso del amor.

El RECADO

“VINE MARTÍN, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles… En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos… Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa de pasta cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones… Pienso en ti muy despacito, como si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.

Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de ti que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: «No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche…». Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo al amor.

Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí… Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Te esperaba a ti. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos —oh mi amor— tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.

Ha caído la noche y ya casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: «Te quiero»… No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo… Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado; que te diga que vine.

FIN

El Anden

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