Durante mucho tiempo crecimos bajo la determinación de clase que tiene quien no cuenta con otro recurso que su fuerza de trabajo y por las derivas u las implicancias de ese mismo proceso, luego envejecimos. En todo este permanecer, transcurrir y existir, lo hicimos convencidos de que formábamos parte del tren de la historia, figura recurrente en el uso discursivo de toda esa época.
Luego entendimos que los hechos de los trabajadores no se concentran en una locomotora y sus vagones y, lo que es peor, que no transcurren, ocurren o suceden entre líneas de acero y durmientes que se ubican pétreos entre esas paralelas.
Esa constatación dramática nos dio la cuenta exacta del consumo de energía vital que se llevó el ir tras esa supuesta locomotora y de su conducción fraudulenta, encargada, en todos los casos y por un largo período que se extiende hasta la actualidad, de sacar humo como si el famoso y meneado tren, estuviese dispuesto a partir sin detenerse y siempre hacia un destino ascendente.
Lo cierto es que quedamos ahí, en ese andén bosquejado para el arribo, en una estación simulada en el contexto de la lucha de clases real.
Desde allí, con los pies sobre la tierra, ya sin falsos conductores, no nos queda otra opción que mutar, cambiar, iniciar un nuevo curso y como náufragos desde esta isla real en que hemos quedado, mandar mensajes en botella, llamando, no por nuestro rescate, sino a los muchos otros náufragos que también quedaron en el imaginario de un andén, a construir por determinación real, una nueva sociedad, desde el poder obrero y el programa socialista, generadora de nuevos seres humanos emancipados de toda enajenación y liberados de toda relación social de producción que pueda implicar algún atisbo de explotación.
EL ANDÉN
