Clarice Lispector o la literatura de una filosofía en estado salvaje

Clarice Lispector nació en Ucrania en 1920 y llegó a Brasil junto con su familia a los pocos meses escapando de las persecuciones y masacres antisemitas tras la Primera Guerra Mundial. Aunque las fechas son difusas y contradictorias, algunas fuentes señalan su arribo en 1921 y otras más consensuadas establecen que la familia llegó en 1922. Fue adoptada por Brasil y aunque siempre se sintió orgullosamente brasileña, durante toda su vida experimentó una extranjería existencial, y una extraña sensación de no encajar en el mundo, un sentimiento de no pertenecer. Al llegar a Brasil toda la familia cambió sus nombres, y Chaya pasó a ser Clarice. Chaya, que en hebreo significa “vida”, figura en su lápida de acuerdo a las estrictas normas de sepultura hebrea de inscribir al difunto con su nombre de nacimiento.

La vida de Lispector, su biografía, o el juego de su bios (lo vivo, lo orgánico y lo vital) con su grafía (la escritura, la letra, la palabra) se concentran a temprana edad en morder en crudo la existencia. Con un puñado de lecturas (Katherine Mansfield y Hermann Hesse son los autores que ella más destaca de su juventud), Lispector es una escritora que parece haber nacido hecha. Desde su primer novela, Cerca del corazón salvaje, escrita con 23 años, parece haber inventado un portugués a la medida de su extranjería en el mundo y de sus necesidades básicas, en donde el ritmo de la sangre traccionaba y se mezclaba con el ritmo de la tinta de su escritura. El portugués de Lispector nació extranjero como ella, porque nadie escribía portugués como escribía  ella, con: una sintaxis quebrada que percibía de los pulsos biológicos de alguien que seguía al dictado de las intensidades de su propio cuerpo. Lispector era fanática de Spinoza, y mejor que el cuerpo teórico de Spinoza, su cuerpo vivo era una red de fuerzas en movimiento de una materia candente, una superficie de inscripción de afectos y de puras intensidades que actuaban al ritmo de una respiración o de un latido. Pero los grados de esa fuerza vital y de su potencia buscaban alcanzar su punto límite, o quebrarlo, en un encuentro con lo más primitivo y animal de la existencia.

Toda la filosofía spinoziana que vino después con todas sus categorías reversionadas en Deleuze; Cso, rizoma, linea de fuga, devenir animal, etc, ya existían como la materia prima del cuerpo afilado y textual de Clarice Lispector. Toda esa filosofía de términos y categorías ya eran inmanentes a la experiencia literaria Lispector. Una filosofía en estado de incertidumbre que se experimenta o se vive como un modo de relación directa y sin filtros con las cosas del mundo. Experiencia e indagación a quemarropa de lo humano, pero solo para salir de lo humano y desmontar o partir la condición humana, como lo hace en su cuento Amor. En ese cuento Ana, una mujer ama de casa, luego de hacer las compras toma un tranvía. Mientras viaja ve a un hombre ciego parado solo apoyado contra un árbol mascando chicle. La simple imagen de esa escena trivial produce una conmoción tal en el personaje que cae y todos los productos de sus compras de desparraman por el piso y unos huevos envueltos en papel de diario se rompen. La cascara rota de los huevos es la cascara rota del aparente mundo familiar, ordenado y bajo control que puede tener una ama de casa, y las yemas esparcidas en su ropa son el desborde vital e impredecible de algo que no logra dominar. La imagen del ciego le hace ver su propia vida ciega y rutinaria, al tiempo que le abre los ojos de toda su existencia en un rapto de revelación difícil de asimilar. Como en un juego de espejos o de una mímica contradictoria, la inutilidad del cuerpo inmóvil del ciego le devuelve su propio cuerpo sometido a los quehaceres domésticos del día a día, junto con la acción del ciego de mascar chicle, algo que la escandaliza aún más, porque en esa repetición mecánica e inútil de mascar, le muestra el sabor a nada de la repetición mecánica e indefinida que tienen todos los días atareados de su vida. Pero el ciego también provoca otra cosa. Le regala un extravío. En el impacto de la imagen, Ana queda paralizada y se pasa de su parada, y el tranvía la lleva a una zona de la ciudad que no era frecuentada por ella. Cuando baja ya es casi de noche y decide entrar al Jardín Botánico para estar en un lugar seguro y calmarse. Y es en el Jardín Botánico donde descubre otra realidad, con todo lo salvaje, desbordante y brutal que puede ser la vida en la naturaleza, cuando percibe cómo en la exuberancia de ese jardín los seres vivos se reproducen y devoran unos a otros en un lazo ciego de violencia y de amor entre fuerzas que brotan y se expanden indefinidamente. Algo de esa violencia la sintió en carne propia: “Con horror descubría que pertenecía a esa parte fuerte del mundo, y ¿qué nombre se debería dar a su misericordia violenta?”. La misericordia violenta la vuelve a cruzar en su encuentro célebre con una cucaracha, en La pasión según GH. Cuando la protagonista prueba la pasta blanca de una cucaracha moribunda, también prueba el sabor inmanente y más elemental y salvaje que tiene el mundo. La mirada pura de la cucaracha también la despojan de sus atributos burgueses y humanos, de una identidad prestigiosa construida por años de esfuerzo, además de volver obsoleto su lenguaje. Y se da cuenta que el animal ve simplemente a otro ser vivo, que la refleja en una mirada neutral, donde también se ve a sí misma como una simple masa húmeda y orgánica que pulsa por vivir.     

Guillermo Sevlever

“Una mirada de mujer, quizá también una escritura de mujer. Clarice Lispector hincó en el mundo su mirada de mujer inteligente, capaz de captar las mínimas sensaciones, los mínimos detalles y de saber que nada, por pequeño o banal que parezca, carece de importancia. El mundo de lo cotidiano, de lo sin historia, que ha sido durante siglos el mundo de la mujer, puede proporcionar innumerables sorpresas, basta con saber mirar y entender esos signos de una realidad subyacente”.

“La felicidad clandestina”,

un cuento de Clarice Lispector

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos planas. Como si no fuera suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un papá dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos; incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del papá. Para colmo, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad en donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísimas palabras como “fecha natalicia” y “recuerdos”.

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía de odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejercitó su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como por casualidad, me informó de que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro grueso, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, anduve brincando por las calles y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviera al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el transcurso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiel no se escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había empezado a adivinar, es algo que adivino a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.

¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: “Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña”. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la mamá. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, esa mamá buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: “¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera quisiste leerlo!”.

Y lo peor para esa mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos observaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: “Vas a prestar ahora mismo ese libro”. Y a mí: “Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras”. ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubieran regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber en dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.

Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante.

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