En una de mis tantas incursiones por mi librería favorita en la ciudad de Rosario, me deparé por primera vez con esta autora, hasta ese entonces desconocida para mí. Me refiero a Leila Sucari, escritora argentina nacida en 1987, ganadora del Premio Nacional de las Artes en 2016 por su primera novela Adentro tampoco hay luz.
Desconozco si fue la brevedad del título de su segunda novela (Fugaz) o la bien lograda presentación fotográfica de esa obra, publicada en 2019 por la Editorial Tusquets, lo primero en cautivar mi atención… Lo que sí sé es que un impulso me llevó a ella… Y, tras haberla leído “de una sola sentada”, puedo afirmar sin temor a equivocarme que fui atravesada por el magnetismo de su prosa. Ha sido, realmente, una grata sorpresa.
De hecho, se trata de una novela “divergente”, aunque no en sentido panfletario.
Aprovechando la reciente conmemoración del Día de la Madre, creí oportuno traer a colación esta obra de Leila, que, en un sentido, expresa la contracara de la concepción socialmente arraigada sobre conceptos como “madre” y “maternidad”. Hemos pasado de un mundo en el que se afirmaba que “madre hay una sola” a un universo que contempla diversas posibilidades de “maternar”, llegando inclusive a escindir esa acción de la correspondencia biológica entre el binomio “madre/hijo”.
Sin embargo, la riqueza de esta narrativa está en expresar, sin tapujos, pensamientos y sentimientos que pocas mujeres se atreverían a verbalizar por miedo o vergüenza.
Hablamos de una joven mujer que acaba de dar a luz y, en un proceso de crisis, huye con su hijo, dejando atrás todo lo que había sido su vida hasta entonces: casa, pareja, familia, perro. En ese contexto, empieza a padecer las contradicciones de una maternidad que exhibe en términos reales, sin filtros.
Expresa con crudeza visceral sus sensaciones. En esta novela, Leila se atreve a explorar el lado oscuro de la maternidad sin eufemismos. El libro arranca con una frase corta y contundente: “La primera vez que lo vi me dio asco”, erradicando cualquier visión idílica impuesta por el mandato social sobre el primer contacto madre/hijo.
El relato se desarrolla con frases tajantes, siguiendo la tensión de la protagonista que deambula sin rumbo, a la deriva junto a su hijo. No obstante, hay momentos en que la maternidad parece detener el tiempo:
Espero que pase algo, al menos, el tiempo.
El universo se reduce a mis ojos sobre su pelo. El resto de lo que pasa alrededor es un murmullo molesto.
[…] Entonces obedezco, al final no soy más que una red de conductos lácteos. El universo es una gota de leche que me moja la ropa.
La protagonista se siente oprimida en su condición de madre, víctima de un ser que la succiona sin tregua. Se debate entre el deber de alimentar a su hijo y su resistencia a hacerlo. Se traba una batalla entre dos seres que la escritora describe en términos primitivos, en su brutal animalidad:
Me entrego a su deseo como una inconsciente. Ya no lo disfruto. No como antes. Algo se quebró. Cierro los ojos y espero a que se quede dormido[…] Soy su esclava. A veces pienso que me odia, que en realidad quiere matarme. Tanto amor es imposible de sostener en esta vida[…] Mi leche acumula resentimiento. […] Una madre no es lo que ellos piensan. El instinto no es siempre un mecanismo de supervivencia. A veces quiero desgarrar las sábanas con los dientes. No tengo ganas de alimentar a mi cría, le niego mis tetas aunque estén explotando.
Se advierte claramente una puja. Entre el cuerpo y la mente de la mujer cohabitan, convulsivamente, el instinto materno y el deseo. Un torbellino que genera un estallido, físico y psíquico:
Necesito morder un cuerpo, que la carne sea toda para mí. Dejar al niño adentro de una caja de zapatos, en estado de hibernación, que se haga solo […] Que leude en silencio, sin ayuda, quietito. Que me ordeñe otro. Un hombre. Una lengua con experiencia.
Igualmente, se vislumbran sentimientos de frustración y resignación:
Gervasio se despierta antes de salir, le doy la teta en la ventana. Miro las luces de los edificios e imagino las vidas que nunca voy a tener…
[…] Me siento en el inodoro con una remera sucia en la boca y lloro hasta deshidratarme.
Por supuesto, se verifican situaciones de ternura, amor, conexión y dependencia, que exponen claramente, en su ambivalencia, los profundos sentimientos de la madre hacia el niño:
Quisiera retener su olor para siempre. Cierro los ojos, lo abrazo. Gervasio, si me dejas de mirar se me van a disolver las células del cuerpo. Voy a transformarme en agua contaminada, me voy a pudrir, hijito […] Al final, me saqué la ropa y me entregué al placer incómodo de ser absorbida por mi hijo
Un amor dramáticamente real, que la autora expresa con soltura y naturalidad en sus profundas contradicciones:
Quiero arrancarme una teta y dejársela a Gervasio debajo de la almohada con una notita que diga “ya no te amo”.
El relato deja traslucir la desorientación epistemológica de la protagonista. La necesidad de evasión. En sus líneas, se perciben la angustia y la ansiedad:
Ahora quiero diluirme […] Estoy habitada por todas las que fui. El pasado me raspa desde adentro.
Además, está presente el miedo. El temor a una pérdida irreparable. La desesperación ante la constatación del carácter inevitable de la muerte:
Soñé que se ahogaba. Si las ballenas se suicidan los niños también pueden hacerlo. No lo había pensado. Ahora que sabe caminar, es posible que un día quiera matarse.
Detalla momentos en que la vida fluye por inercia, sin determinación consciente, sin dirección, al compás del viento, exhibiendo el desamparo de una existencia sin sentido:
Y yo, que me creía el único ser despierto en playa Serena no soy más que otra mujer que camina, sin saber muy bien adónde[…] Sin bolsas, sin trabajo, sin hijo. Inútil y libre como un pájaro. […] El océano, todavía oscuro y denso, me da terror porque me llama a los gritos. Y los gritos nacen de mis vísceras.[…] Qué es el miedo a la muerte sino un deseo desesperado de morir?
Ahora bien, cabe resaltar que, a pesar de las contrariedades, la obra transmite un mensaje esperanzador, una dosis de optimismo que intenta contrarrestar el desconcierto:
Me entrego al juego, no siento nada, ni siquiera miedo. Escucho el sonido de las olas golpeando contra las rocas y repito en silencio que todo va a estar bien.
Una lectura necesaria en los tiempos que corren, que se atreve a desnudar cuestiones que pocos se animan a decir. Un retrato realista de muchas “maternidades” existentes, solapadas bajo una visión romantizada e idílica que oculta artificialmente las contradicciones y contrariedades presentes y latentes en la relación madre/hijo, compleja, si las hay. Para todos aquellos que se animen a emprender una lectura que incomoda e interpela, esta novela podría ser un excelente disparador que invita a la reflexión
Cynthia Santos Cripezzi, colaboración para El Anden

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