|

Stoner y la vendedora

Una de las dificultades que tiene cualquier persona que no esta conforme respecto de como y donde vive, es adentrarse en el tránsito por los libros, y en paralelo dar con la idea clara y distinta relativa a que ese mundo específico comparte un problema general esencial con el orden social que les dio vida, los asimiló a su lógica mercantil y les permitió gestar bibliotecas para darle algún acceso a quien no podía intervenir en el mercado ni siquiera como consumidor menor.

También en la misma dialéctica, el orden social capitalista, desde el  propio mercado que insuflaba vida a la mercancía libro, produjo lo mismo  que le puede suceder a quien fabrica sillas, o vende tomates en una verdulería, que no fue otra cosa que la tendencia a la concentración en pocas mános, grupos monopólicos de la mercancía y desde allí tomo para sí el espacio editorial, sitio desde donde se apropio de la hegemonía, determinando que se publica y que no. Luego acudió a los dispositivos tecnológicos facilitadores y directamente hizo nacer el rígido  criterio final de manipular la demanda . De esa forma lo único que se buscaba era que el lector lo dejara de ser para pasar lisa y llanamente a ser un consumidor. De degustador de manjares, las personas contenidas en la demanda pasaron a convertirse en deglutidores obsesivos de comida chatarra con gaseosa.

Nada de esto, como es lógico suponer, ocurrió mansamente y sin lucha, sencillamente porque el ser lo tiene el contraste, los conflictos, y en esa dialéctica, las pequeñas editoriales, las librerías hechas a pulmón, los espacios reacios al sometimiento vasallo al poder burgués y su prepotencia de mercados e instituciones están mordiendo el polvo, por pura secuencia de lo que implica el Capital y no por que las personas sean buenas o malas.

En la ciudad donde vivo, existen aún , filiales de grandes librerías. Ellas también en su momento le cerraron las puertas a las producciónes artesanales de algunas  editoriales en cooperativas que buscaban sacar a luz trabajos detenidos en el tiempo, que cuando nacieron ni siquieran tuvieron la oportunidad de estar exhibidos en una  vidriera, y ningún periodista ensobrado les dio viento como para que se hablara de ese título y ese autor, y una población más amplia pudiera tomar cuenta de su existencia.

En la ciudad donde vivo , hay poetas a los que se puede leer o escuchar. Podrá quien lo hace emitir juicio apresurado o no sobre la entidad de sus trabajos, pero también hay gente que en lugar de buscar entender cuanto sucede y en el mismo momento trazar algún camino con la mano del otro  hacia  alguna ruta de superación , ocurren a  “oroscos de siempre” , tan prestos a alimentan el ego del autor , y en lugar de posicionarse ambos  en el problema, le regalan un espejo y desatan su vanidad, para que el narcisismo aflore y todo quede en presentaciones del trabajo , que se parecen a la gira de un circo pobre y dejan ese gusto agrio que cuando chicos lograban que nuestros  padres nos llevaran y a la salida todo ese espacio de color fingido , degradaba irremediablemente en un gris de ausencia.

La cuestión es que , en ese derrotero uno puede acertar a darse una vuelta por “librerías grandes” que antes tenían sonrientes vendedores , y tropezar con un único vendedor, o  vendedora que ha logrado venciendo a las bestias del mar , que se le contrate, dejando en el camino a todos los que en su momento hicieron cola, dejaron ese documento de la humillación que es el llamado cúrriculum vitae, exigido a personas que no han transitado ni siquiera el primer tercio de la vida y ansían dar con un primer trabajo.

Claro , es  contrato tiene las formas jurídicas del hoy , mostrando significativamente que lo que se presenta como un acuerdo de voluntades es ni más ni menos que la imposición de obligaciones que el dueño de los medios que permiten trabajar le imponen a quien pretende hacerlo, que simplemente puede concentrar su voluntad en una adhesión.

Así las cosas, se da que el salón quedó , grande , aún están los anaqueles y las mesas con libros apilados según algún criterio de venta y allí como si se tratara de un arquero que de pronto se tiene que enfrentar con Messi a la carrera, libre de adversarios y con pelota dominada , esta ella, con su nombre enganchado en la camisa del uniforme que le exigió “la empresa” y con ojos reflejando que la pregunta que se le hace corresponde a la epistemología específica de Santo Tomás y la suma teológica, nos responde  “no conozco ese libro, usted esta seguro que ese es el nombre del autor y el título. ¿No estará equivocado?-  Entonces insisto y le reitero, busco Stoner una novela de John Williams.

La mirada cambió, del asombro paso a dar cuenta del incordio , pero también en un solo espacio, desde el rabillo del ojo, advirtió la mirada vigilante de la encargada del negocio parapetada en el mostrador donde está la caja, y entonces como ese mismo arquero que estira todo  su  cuerpo desesperado ante la gambeta del mejor del mundo , dice impostando sonrisa: voy a consultar con la computadora.  Me pide que la acompañe y entonces después de mirar la pantalla buscando confirmar que eso que le pido no existe, no en el inventario de la librería sino en el mundo de la literatura, exclama, “claro Stoner es con S y no con E” ”cuando usted me lo pidió lo dijo con E.

Me pregunté como habría hecho para que ella advirtiera que se lo estaba pidiendo con E si yo pronuncie una S, pero alegre por haber vuelto al mundo al estar lo pedido en una pantalla que tiene la virtud de asignar el ser o quitarlo a lo existente , le agregué que podía haber sido un error y que me mejoraba saber que ahora identificaba el libro. Entonces me encuentro con que me agrega, que no tenía ningún registro en su mente de ese autor y esa novela, pero que la iba a buscar porque si no lo hacía, se las iba a ver en dificultad con la encargada.

La ví subir escaleras y revolver libros acumulados en las mesas, de pronto como mago que saca la paloma de la galera , avanzó desde el fondo del local con la diminuta novela en la mano. Se dirigió al mostrador y con mirada desafiante a la encargada, le extendió el ejemplar y se predispuso lista en sitio estratégica para nuevas batallas.

Con el libro en el sobaco, luego de contestar con un lacónico “no” cinco preguntas del tipo de ¿tiene registro de puntos en tarjera el pirulo?, me fui  silbando bajito, me senté en el bar donde tomé mi primer café cuando me escape con un compañero repetidor , en séptimo grado, invitado  para que supiera vivir y dejara de joder con los padres ,  y donde oí   de aquel mozo que ya no está, eso que me pareció entonces una melodía y hoy un palazo por la cabeza de  pelos raídos y blancos , dibujando una sonrisa y guiñando el ojo a mi compañero , eso de “el señor que va a tomar”.

Ahí sentado, leyendo el cartel que dice que el sitio se llama “la buena medida” pero no se le parece al que supo ser en aquella década del setenta, abrí el preciado ejemplar y puedo leer en la primer hoja, bajo el título Elogio de Stoner, que Enrique Vila-Matas, me dice y nos dice que:

“..Impresiona el modo de contar de John Williams, su fuerza inusitada para los dramas minúsculos y para el recuento cotidiano de nuestras resignaciones y decepciones, y sorprende que Stoner, siendo la obra maestra que es, haya podido ser ignorada durante tanto tiempo…”

Voy a la contratapa y también, mientras  le doy vueltas con la cucharita al contenido incierto del pocillo, que el mozo insiste en identificar como café, leo que:

 “Stoner es uno de los fenómenos literarios más resonantes de la última década. Convertida en un inesperado best- seller (ha sido traducido a más de veinte lenguas ) fue publicado originariamente en Estados Unidos en 1965 sin mayor  trascendencia. Fue reeditada por Vintage en 2003. A partir de entonces, la novela no ha dejado de ganar lectores”

En la  página 196 Williams narra y habilita al personaje Williams Stoner, profesor asistente en la universidad de Misuri, en la que permaneció desde su ingreso como alumno hasta su muerte en 1956, para dejarnos escrito, lo siguiente:

Al fin retomó su viejo hábito de pasar casi todo el tiempo en su oficina. Se dijo que debía estar agradecido por la oportunidad de leer a gusto, libre de la presión de preparar cursos específicos, libre de la dirección predeterminada que su especialización le había impuesto. Trató de leer cualquier cosa, por placer y para su satisfacción, muchas cosas que había querido leer durante años. Pero no lograba enfocar sus pensamientos, se distraía y no se concentraba en las páginas que tenía delante y cada vez con mayor frecuencia se encontraba mirando una página opaca, hacía el vacío ;era como si  a cada momento su mente se fuera despojando de todos sus conocimientos, y como si su voluntad perdiera toda su fuerza. Por momentos se sentía como un vegetal y ansiaba que algo lo animara…aunque fuera por medio del dolor” (pág. 196).

Pienso, ahora en el pequeño cuarto donde  escribo este artículo, y creo que también lo piensan los que hacemos este sitio, que sería bueno que la compañera vendedora se mantenga en su trabajo, y en el poco espacio de tiempo que le quede libre de obligaciones , se ponga a leer Stoner.

Daniel Papalardo. Colaboración para El Andén 

Similar Posts