El desarrollo de un evento mundial que se justifica con una competencia deportiva organizada por FIFA, repercute en Argentina por su condición de prevalencia dentro del mercado futbolística y lo hace tanto reconociendo su pasado relativamente reciente, con campeonatos mundiales en el patrimonio de la AFA, como también en tiempo presente por la presencia restaurada de un elenco que cuenta en sus filas con un ídolo mundial y un talento personal en el desempeño del juego como lo es Messi.
Sin embargo, siendo Nuevo Curso un pequeño grupo de propaganda marxista, la necesidad de dar cuenta de ese evento, surge de la presencia de hechos que tienen a ese evento como fuente, en donde las masas trabajadoras se expresan de modo espontaneo y sin necesidad de convocatoria alguna, donde la ausencia de dirección en sus acciones , se expone como dato relevante. La política burguesa ha tratado de captarlo y direccionarlo sin que ese objetivo se haya logrado en todos sus alcances. Lo paradójico es que quienes se ubican motu proprio en esa legalidad en el espacio de la izquierda del régimen capitalista republicano, no han tenido otra reacción que asumir los perfiles populistas demagógicos propios del peor peronismo, esto es , las aproximaciones al hecho social que marca un sector de la pequeña burguesía nacional y los sectores de población económicamente sobrante que siguen ese perfil. Por eso lo que se puede ver y oír de FITU y colaterales electorales es solo el “vamos argentina”, como si en nuestra sociedad fuese posible que todos fuesen para el mismo lado , siendo ella una sociedad de clases.
En la búsqueda de encontrar razones y no aproximaciones oportunistas a las masas trabajadoras, nos ha parecido significativo el aporte hecho por el sitio El Porteño de Valparaiso y en particular el texto que se publica en ese medio con firma de Gustavo Burgos. En tal sentido es que lo difundimos por nuestra vía, en su integridad, para que aquellos a los que podemos llegar, se nutran de un posicionamiento serio sobre la cuestión y no solamente se pongan una camiseta de la selección argentina para no “perder votos” y sacarse fotos mostrando que tan populares pueden ser o lo desean.
El Mundial no se juega solamente en la cancha
14/07/2026
por Gustavo Burgos
Cada vez que millones de personas concentran simultáneamente su atención, sus emociones y sus esperanzas en un acontecimiento común, estamos ante un hecho político. No porque cada espectador actúe conscientemente como militante ni porque la pasión deportiva sea una impostura, sino porque ningún fenómeno de masas permanece fuera de las relaciones de poder que organizan la sociedad. Allí donde se reúne el pueblo aparecen también el Estado, el capital, los medios de comunicación, las grandes marcas y las clases dominantes, disputando la orientación y el significado de esa experiencia colectiva. El Mundial de Fútbol es, por lo tanto, mucho más que una competencia entre selecciones: constituye un gigantesco escenario en el que se expresan, abierta o veladamente, los intereses sociales y políticos de nuestro tiempo.
Reconocerlo no significa despreciar el entusiasmo popular. El fútbol es uno de los pocos lenguajes universales construidos desde abajo, aprendido en los barrios, en las poblaciones, en las escuelas públicas, en los potreros y en las calles. Su materia prima continúa siendo el cuerpo humano enfrentado a otros cuerpos, sin máquinas que lo sustituyan, y su belleza nace de una combinación excepcional de destreza individual, inteligencia colectiva e incertidumbre. Precisamente porque ese fervor es auténtico, porque pertenece en gran medida a los trabajadores y a sus hijos, las clases dominantes han procurado apropiarse de él, convertirlo en mercancía, instrumento diplomático y mecanismo de legitimación.
Pero todo mito vivo es también un territorio en disputa. Los gobiernos conocen desde hace mucho la capacidad del fútbol para producir identificación nacional, suspender los conflictos internos y presentar como una sola comunidad a una sociedad dividida entre explotadores y explotados. Benito Mussolini hizo del Mundial de Italia de 1934 una vitrina internacional del régimen fascista. El Estado intervino en la reorganización del fútbol italiano, levantó estadios y convirtió los éxitos de la selección en demostraciones de disciplina, virilidad y superioridad nacional. Aunque no todas las leyendas sobre amenazas o resultados manipulados han podido ser probadas, el uso político del campeonato por el fascismo italiano está ampliamente documentado: la victoria deportiva debía aparecer como confirmación de la victoria histórica del régimen.
La FIFA tampoco ha sido nunca aquella institución neutral que sus dirigentes pretenden representar. Después del golpe de Estado de septiembre de 1973, la Unión Soviética se negó a disputar en el Estadio Nacional de Santiago el partido de vuelta de la clasificación al Mundial de 1974. No podía aceptar que se jugara al fútbol en un recinto convertido pocas semanas antes en campo de concentración, centro de torturas y lugar de ejecución. La FIFA inspeccionó el estadio, declaró que se encontraba “apto” y permitió que el 21 de noviembre de 1973 la selección chilena saliera a la cancha sin adversario, avanzara hasta el arco vacío y marcara uno de los goles más siniestros de la historia del deporte. La escena no fue una extravagancia reglamentaria: fue el reconocimiento internacional de la dictadura y la subordinación de la institución deportiva a las necesidades políticas del anticomunismo.
Cinco años más tarde, la Junta Militar argentina comprendió perfectamente la utilidad de organizar un Mundial mientras hacía desaparecer, torturaba y asesinaba a miles de personas. Los estadios llenos, la televisión en colores, las banderas y la consigna “los argentinos somos derechos y humanos” debían construir la imagen de un país ordenado y unido, ocultando los centros clandestinos de detención que funcionaban a poca distancia de las canchas. La Copa de 1978 fue concebida como una operación de legitimación internacional del terrorismo de Estado.
Sobre aquel campeonato continúa proyectándose la sombra del partido en que Argentina derrotó por 6 a 0 a Perú, resultado que le permitió superar a Brasil y acceder a la final. Abundantes antecedentes políticos, económicos y testimoniales explican por qué las sospechas nunca desaparecieron: la visita de Videla al vestuario peruano, las negociaciones entre ambas dictaduras, el posterior crédito extraordinario otorgado por Argentina al gobierno peruano y las versiones acerca de entregas de trigo, presiones y sobornos. El partido quedó inscrito para siempre en la memoria popular como parte del mecanismo mediante el cual dos regímenes vinculados por el Plan Cóndor utilizaron el fútbol para encubrir su política criminal.
Siguiendo esta tradición, el Mundial de 2026 vuelve a mostrar que los verdaderos protagonistas no se encuentran exclusivamente dentro del campo. La FIFA ha construido un espectáculo de 48 selecciones, una cantidad inédita de partidos, enormes contratos publicitarios y un reparto de premios que alcanza los 871 millones de dólares, casi el doble de lo distribuido en Qatar 2022. Cada clasificación representa decenas de millones para federaciones, patrocinadores, plataformas digitales, casas de apuestas y fondos asociados al negocio futbolístico. La ampliación del campeonato no responde solamente al propósito declarado de universalizar el deporte: multiplica transmisiones, mercados, datos personales, publicidad segmentada y oportunidades de valorización del capital.
En este contexto deben observarse las relaciones entre Donald Trump y Gianni Infantino. El presidente de la FIFA ha convertido su proximidad con el mandatario estadounidense en un espectáculo político permanente, al punto de enfrentar cuestionamientos por una eventual infracción del deber de neutralidad de la organización. Las denuncias no se limitan a gestos protocolares: organizaciones de derechos humanos y federaciones europeas han cuestionado la creación de un premio de la FIFA concedido a un fascista y promotor de guerras y genocidios como Trump y su intervención en decisiones disciplinarias adoptadas durante el campeonato.
La FIFA aparece así integrada a una trama en la que convergen el gobierno de Estados Unidos, los grandes conglomerados financieros, las plataformas tecnológicas, las empresas de vigilancia y el negocio mundial de los datos. El hincha ya no es únicamente espectador y consumidor: es una fuente de información comercial y política. Sus búsquedas, desplazamientos, preferencias, reacciones y emociones pueden ser registradas, clasificadas y explotadas. El viejo nacionalismo de los estadios se combina ahora con el fascismo digital: una maquinaria que transforma la pasión colectiva en mercancía, vigilancia y propaganda.
El avance de Argentina hasta las semifinales de este Mundial tampoco puede ser separado de esa trama. Las decisiones arbitrales que acompañaron su campaña han provocado protestas de rivales, entrenadores y especialistas, alimentando una crisis de confianza en el uso del VAR y en la transparencia disciplinaria de la FIFA. Sería ingenuo desconocer que una selección campeona, conducida por Messi y respaldada por uno de los mercados futbolísticos más poderosos del planeta ofrece un enorme valor comercial y político para los organizadores.
Su continuidad en el campeonato es funcional, además, a la escenificación de una alianza política. Trump encuentra en el gobierno de Javier Milei a uno de sus aliados más estridentes en América Latina; Infantino encuentra en Argentina una marca mundial capaz de multiplicar audiencias; y el gobierno argentino encuentra en cada victoria una oportunidad para envolver su ofensiva contra los trabajadores en la bandera nacional. La motosierra, el ataque a los salarios y jubilaciones, la persecución de la protesta y la entrega económica al capital financiero intentan desaparecer detrás de la camiseta albiceleste. No se trata de responsabilizar a los jugadores ni de exigir que los trabajadores renuncien a celebrar. Se trata de advertir que el poder pretende apropiarse de esa celebración para presentarse como representante de una comunidad nacional cuyos intereses él mismo destruye.
La diferencia entre la genuina alegría popular y su utilización gubernamental debe ser defendida con claridad. Una selección no pertenece al presidente de turno, a la asociación empresarial que administra sus derechos ni a las marcas que estampan sus logotipos sobre la camiseta. Pertenece sentimentalmente a quienes juegan en las calles, viajan durante horas para acompañarla y convierten cada partido en una experiencia compartida. La derecha procura expropiar políticamente ese sentimiento del mismo modo en que el capital expropió materialmente los clubes, los estadios y las transmisiones.
Por eso resulta inevitable recordar a Maradona. Sus posiciones políticas fueron contradictorias, personalistas y muchas veces depositaron esperanzas en gobiernos que no podían emancipar a los trabajadores. Pero su antiimperialismo fue una expresión, deformada y elemental si se quiere, de la lucha popular latinoamericana. Maradona no escondió su identificación con Cuba, con el Che Guevara y con las causas enfrentadas a Estados Unidos. En la Cumbre de los Pueblos de Mar del Plata, en 2005, marchó contra George W. Bush mientras los gobiernos discutían el proyecto imperialista del ALCA. A diferencia del futbolista transformado en una marca cuidadosamente neutral, Maradona asumió que el ídolo popular no podía permanecer indiferente ante la opresión.
Su rebeldía no constituía todavía un programa revolucionario, pero expresaba una verdad: el fútbol puede ser también una forma popular de insubordinación. La “mano de Dios” y el segundo gol contra Inglaterra en 1986 fueron interpretados por millones como una revancha simbólica, cuatro años después de la guerra de las Malvinas. No cambiaron el resultado de la guerra ni derrotaron al imperialismo británico, pero mostraron cómo las masas cargan de memoria histórica incluso una jugada individual. Allí se revela nuevamente que el fútbol nunca es solamente fútbol.
Algo semejante ocurrió con el llamado “partido de la muerte” disputado en Kiev en 1942. Durante la ocupación nazi, el FC Start, integrado principalmente por antiguos jugadores del Dinamo y el Lokomotiv de Kiev, derrotó en dos oportunidades al Flakelf, conjunto relacionado con la fuerza antiaérea alemana. Los jugadores ganaron 5 a 3 el encuentro del 9 de agosto, algunos fueron detenidos posteriormente y varios murieron bajo la ocupación. En una ciudad sometida por el ejército nazi, trabajadores y antiguos futbolistas derrotaron públicamente al equipo de los ocupantes. Durante noventa minutos demostraron que el dominador podía ser vencido. La memoria popular convirtió aquella victoria en símbolo porque necesitaba expresar, mediante el lenguaje del fútbol, una resistencia mucho más amplia. La leyenda fue más lejos que los hechos, pero nació de una verdad social: incluso bajo el terror, jugar y vencer podía constituir un acto de dignidad.
El problema, por lo tanto, no consiste en abandonar el fútbol porque la burguesía lo haya convertido en negocio y propaganda. Esa sería otra forma de entregárselo. Tampoco se trata de observar con superioridad intelectual a millones de trabajadores que celebran un gol mientras soportan jornadas interminables, salarios miserables y vidas privadas de toda recreación. La tarea es recuperar el deporte, los clubes y la cultura de manos del capital; devolverlos a quienes los producen, practican y sostienen.
Los clubes deben pertenecer a sus socios y comunidades, no a sociedades anónimas, fondos de inversión o casas de apuestas. Los estadios deben ser espacios populares y no recintos inaccesibles por el precio de sus entradas. La formación deportiva debe ser un derecho de la infancia trabajadora y no una industria destinada a seleccionar tempranamente mercancías humanas. Las transmisiones de los grandes acontecimientos deben ser públicas y gratuitas. Las federaciones deben estar sometidas al control democrático de deportistas, trabajadores y aficionados.
El fútbol es un rito, como decía Pasolini, pero ningún rito es políticamente inocente. Puede ser utilizado para glorificar dictaduras, ocultar genocidios, legitimar gobiernos reaccionarios y enriquecer al capital financiero. También puede conservar la memoria de los derrotados, expresar la fraternidad entre los pueblos y ofrecer una imagen anticipada de la acción colectiva: nadie gana solo, ninguna habilidad individual sustituye la organización del equipo y cada movimiento adquiere sentido únicamente en relación con los demás.. En una entrevista publicada por L’Europeo el 31 de diciembre de 1970 escribió:
“El fútbol es la última representación sagrada de nuestro tiempo. En el fondo es un rito, también evasión. Mientras otras representaciones sagradas, inclusive la misa, están en franca decadencia, el fútbol es la única que permanece. El fútbol es el espectáculo que ha sustituido el teatro. El cine no ha podido sustituirlo, el fútbol sí. Porque el teatro es una relación entre un público de carne y hueso y personajes de carne y hueso. En cambio, el cine es una relación entre una platea de carne y hueso y una pantalla, entre sombras. El fútbol es un espectáculo en el cual un mundo real, el de las gradas del estadio, se mide con los protagonistas reales, los deportistas en el campo de juego, que se mueven y se comportan según un ritual preciso. Por esto considero al fútbol el único gran mito que permanece vivo en nuestro tiempo”.
El fútbol, como toda la cultura, debe ser arrebatado a quienes lo administran como mercancía y recuperado por la clase trabajadora. Solo entonces la última representación sagrada de nuestro tiempo podrá dejar de ser el templo de los negocios y convertirse en una celebración verdaderamente humana.
