En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.Jugar ajedrez
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía (Jorge Luis Borges)
El ajedrez es mucho más que un pasatiempo porque implica por sí mismo y sin aditamentos ideológicos, un medio para preservar al que sitúa en su específico territorio, que por recorrerlo lo ubica en otra percepción de lo existente en el tablero, su cultura y la disciplina intelectual frente al juegos aparente que defiende su permanencia precisamente por ser efímeros y obligar a recomenzar por otras rutas del pensamiento y la acción , dentro de ese litigio armado que se cobra vidas en plano simbólico.
Como sombras proyectadas en la pared de una caverna, muchos apuestan a que sus movimientos se compadezcan con lo real, y que esa realidad, está en el ser que se ocupa en apariencia de que desplazamiento siguiendo normas prefijadas . Muchos entienden que en realidad son esas normas las que existen y bregan por su acatamiento ante la sola emergencia de un atisbo de desobediencia.
Vamos por el ajedrez, como lo hacemos cuando acudimos a un analgésico para nuestro dolor por existir sin realmente ser. Ocurrimos al ajedrez porque en sí mismo nos implica la proyección de nuestro laberinto haciéndolo mediante la presencia del otro con quien no armonizamos sino que guerreamos, convencidos los dos que realmente cuanto tiene la habilitación del existir es el conflicto en sí y sus impensadas e inabarcables posibilidades , sin que cada choque de contrarios suponga la situación final sino el comienzo y final de una verde mañana, para el destino humano en una sociedad en crisis, regida por reglas , procedimientos y aparatos tecnológico que cada vez más nos cosifican y ubican la condición humana en semejanza con los robots .
Hubo un tiempo hoy superado, donde estaba claro o al menos eso parecía porque así transcurrimos sin contradictores , en que el jugador movía las piezas , Dios le daba libertad para moverlas pero le advertía de algunas consecuencias, y nos quedaba la pregunta como tales de quién era es Dios por el que la vida se convertía en una sumatoria de actos aprobados y otros castigados. El interrogante por saber detrás de Dios qué, y si no sería que nosotros mismos sentados frente a a un tablero no estábamos haciendo nacer a ese Dios, sin perjuicio de lo cual en su nombre iniciamos rutinariamente , hasta el mensaje biológico de nuestra muerte, la trama de polvo, tiempo, sueño y agonía.
Hoy esa realidad, no permanece. Hoy no nos diferenciamos de las piezas, y solo somos hacedores de los designios de un engendro nacido del desarrollo dialéctico de nuestro entendimiento, que al modo del Dr. Frankestein, se nos vuelve hacia nosotros y cierra puertas para que la existencia tenga alguna posibilidad de libre albedrió. Le llaman inteligencia artificial, y en realidad es un artificio de la inteligencia que sepulta cuanto creíamos que éramos, para ubicarnos en una ruta cuyo punto de arribo desconocemos y en todo caso carecemos de la posibilidad de definir, como el peón que se sorprende porque el dueño transitorio de sus movimientos le indica la erronea jugada que lo conduce a la caída en combate.
La artificiosa inteligencia gestada por el orden social donde cotidianamente luchamos por sobrevivir , dando a ese resultado la virtud de ser el que nos habilite a dar curso a la tendencia que implique tomar el tablero y hacer volar las piezas , y todo su entramado, implica una versión más de lo que Ernesto Guevara llamó las armas melladas del capitalismo. Que el espacio existencial acotado que implicaba metafóricamente ese tablero, nos desligue de la condición de piezas y suceda finalmente el final de juego, no como partida sino del juego mismo en su propio ser , no implica otra cosa que la necesidad de revolución
El concepto del “hombre nuevo” en Ernesto “Che” Guevara es un pilar fundamental de su pensamiento político y ético, desde donde se lanzan señales para comprender el ajedrez y laberinto capitalista porque de ese entramado opera la advertencia de su necesidad y la certeza de que su construcción opera dentro de la lucha de clases , cuyas resultantes no solo deben transformar las estructuras económicas y materiales de la sociedad, sino también transformar radicalmente la conciencia y la naturaleza del ser humano, para que esa novedad en el ser lo haga verdaderamente humano.
El tablero , el orden social capitalista fomenta el individualismo, la competencia, la construcción puramente utilitarista de cuanto hace y la alienación en la mercancía ,es decir , una “sociedad de lobos”.
El hombre nuevo surge a través de la participación activa en la lucha revolucionaria y la construcción colectiva únicos paradigmas ideológicos que acuden a dar respuesta a nuestra existencia y nos implica en la necesidad de dejar de ser piezas de una partida donde solo creemos que decidimos su perfil, porque imaginamos que movemos esas piezas, cuando en realidad la explotación y la opresión insertas en las relaciones de producción mismas, nos hacen ser una pieza más .
Daniel Papalardo- Colaboración para El Andén
